Como heridas de plomolas alas de los ojos, le fueron anclando la mirada a la ventanay el jilguero alegre de su verbo, -amante natural desde la infancia-con el vuelo derrotado de horizontesacabó prisionero taciturnoen la oscuras celdas del silencio.Aún decía mi nombre en el ocasoy me preguntaba por ti, Josefina, cuando abrazada dócilmente a su letargocon ese paso cansado del regresofue rompiendo los lazos afectivosque la unían a un presente desbocadoy retornó por hebras de recuerdosa la eterna espera del amadoante la puerta de una cárcel donde,vencido en la guerra, se pudría el terror al chirrido letal de los cerrojos al amanecer;o a las fabricas de un París almidonadodonde emigró su hambre adolescentey donde la alegría de su hermanaacabó agonizando bajo las ruedas de un coche;o hasta la plaza polvorienta de su pueblodonde quizás le diera el primer beso al esperado,sin entender por qué a este lado de su vida,inflamado del enraizado amor de hijo que me habita,un desconocido abría la puerta de su intimidady le atusaba sus cabellos plateados con pacienciao abrazaba con ternura sus momentos del pasado, y en su ceguerale daba cariñosos besos a su infancia.Y poco a poco,como se evade la fragancia de un aroma,el paso ágil de su sombra fue dejando de dibujarse en las paredes y se fue disponiendo para el sueño, amarrada a una silla de ruedas, primero, y anidada entre sábanas, después,hasta que el aliento,una vez marchita la esperanza,comenzó a divorciarse del deseoy sin ruido alguno, como fue su vida,gastó su último suspiro,tomó su tren hacia su nochey se hizo recuerdo eterno en mi memoria.A la memoria de quien el Alzheimer me fue robando poco a poco, mi querida madre.© A.U.C. ~ 22 Enero 2010http://alpiedemisilencio.blogspot.com