Ningún dÃa extraordinario comienza extraordinariamente; es una especie de regla universal no escrita. Tal vez uno amanezca con la fuerte sensación de que algo va a pasar, sin saber qué o cómo, y deberÃa permanecer en cama por el resto del dÃa, refugiado por las inofensivas sábanas. Todas las personas lo han experimentado al menos una vez, pero en estos turbulentos tiempos modernos, en lo que se sabe que si no te mueves puedes quedar aplastado bajo camiones invisibles –en especial si se vive en una gran ciudad-, nadie les hace mucho caso a tales señales.Ese dÃa de febrero, en efecto, Jiovanna hubiera preferido continuar su ensueño en lugar de subirse al coche familiar en dirección a los lÃmites del bosque lindante a Murmore. Pero, y hay que ser justos, no persuadida por terribles presentimientos si no porque se mantuvo despierta hasta muy tarde, leyendo acostada en el colchón dejado en el suelo de sus aposentos. La tarde anterior tanto su cama como la de su hermano y sus padres habÃan sido desarmadas, cargadas a un camión y conducidas al nuevo hogar de los Berlucci, al cual iban en esos momentos. La novela responsable de su cansancio –sólo en parte, porque el estado de ansiedad en que se sumiera desde que papá dijo “empaca tus cosas, nos vamos mañana†también tenÃa algo que ver- reposaba en el regazo de su dueña, sin que ésta dejara de entretenerse observando por la ventanilla la hilera de edificios que pasaban.El vidrio estaba bajado hasta la mitad, por lo que eran su frente y cabellos negros en su coronilla los que recibÃan el viento que, a esa velocidad, se sentÃa helado. Esa era una sensación tan refrescante como un vaso de agua y habrÃa podido quedarse dormida ahà mismo, de no ser porque deseaba ver el cambio de paredes de cemento a firmes árboles rodeados de naturaleza. A lo mejor asà se convencÃa mejor de que estaba abandonando para siempre la que habÃa sido su casa durante los catorce años de su vida.-¿Ya llegamos? –preguntó Emerson, interrumpiendo el sonido apagado de guitarras que llegaba hasta el extremo donde se sentaba Jiovanna. Su hermano, de 17 años, difÃcilmente se separaba del MP4 que sostenÃa en su puño; era miembro de una banda donde tocaba la baterÃa y fiel amante del rock más escandaloso –e incoherente, en opinión de Jiovanna, que no hallaba el sentido a tanto ruido causante de jaquecas.El padre de ambos, John Berlucci, hacÃa de conductor, pero fue la madre la que echó un breve vistazo a la ventanilla a su lado antes de responder:-No deberÃa faltar mucho.Lo dijo firme y distraÃdamente, como quien asegura que está lloviendo en un dÃa en el que no pensaba salir de todos modos, pero se percibÃa además cierto agotamiento. Desde que comenzara las sesiones de quimioterapia hacÃa unas semanas atrás, resultaba evidente la mella que el hecho habÃa logrado en sus fuerzas, no obstante su férrea voluntad y deseo de aparentar normalidad. La última sesión habÃa sido anteayer y las ojeras presentes sólo vagamente a priori se habÃa acentuado sobre el rostro sereno. De ella sabÃa Jiovanna que sacó la costumbre de sentir la caricia del viento, pero el vidrio se unÃa sin reparos en la parte superior de la puerta, sin duda por temor a que se le corriera la pañoleta que cubrÃa su cráneo desnudo.Como cada vez que hiciera notar su presencia de repente, Jiovanna tuvo el impulso de dirigirle una mirada de reojo para asegurarse de que todavÃa estaba ahÃ, mas pronto tornó su vista a la posición anterior, un tanto frustrada consigo misma. “Debo dejar de hacer esoâ€, se dijo con cierto sonrojo. “Por un segundo que no la vea no se va a morirâ€.Contestada su duda, Emerson volvió a castigar sus tÃmpanos esbozando una irritada resignación. Con el sonido apagado de la música al máximo como fondo, continuaron el viaje.Esa mañana se habÃa mostrado fresca y soleada, del tipo que uno prefiere para salir a caminar, pero a medida que transcurrÃa el tiempo el cielo se estaba volviendo más nublado y gris, lo que daba al ambiente un aire pesado cuando la familia detuvo el coche frente a su nueva casa. Inclinándose por el lado de su hermano, Jiovanna y aquel observaron la propiedad por primera vez. Al final de un camino de tierra se alzaban tres escalones que llevaban a la entrada de una casa rectangular de dos pisos, paredes blancas cuya pureza dejaban en claro la reciente mano de obra aplicada. Una amplia ventana dejaba ver la sala de la ahora desnuda planta inferior, y dos ventanas en el superior, separadas casi hasta los extremos presuntamente daban a los dormitorios. Detrás de los Berlucci estaba el camión de la mudanza y John fue presto a él para ayudar a descargar las cosas, mientras el resto de la familia permanecÃa parada cerca del automóvil.Los ojos avellanados de Helena Berlucci, graves y suspicaces, inspeccionaron la fachada con expresión neutra, apretujando su delgada silueta envuelta en un chal verde pálido, como ansiando el abrazo confortable de las sábanas sobre el lecho. Últimamente era esa la cosa que más deseaba durante el dÃa, lo que la llenaba de una secreta vergüenza, pero notó, aliviada, que en medio de la naturaleza apenas afectada por la presencia de los humanos esta sensación desvanecÃa, se volvÃa casi insignificante. La grandeza del verde que pisaba, la plenitud de los árboles altos, todo contribuÃa a un llamado a la paz. Aspiró profundamente ese aire puro que en tan pocas oportunidades habÃa conocido en la ciudad: un feroz ataque de tos la atacó casi al punto.-Emerson, apaga eso –ordenó ceñuda tapándose la boca para evitar el humo del cigarrillo que su hijo acababa de encender.-Oh, lo siento –repuso el joven y se apartó unos pasos de la sensible nariz de su madre. Exhaló una nueva bocanada en dirección del camino pedregoso. Sus ojos oscuros, casi negros, enmarcados por gruesas pestañas se entrecerraron al contemplar el follaje infinito-. ¿Somos los únicos que viven por aquÃ?-Por esta zona al menos –respondió su madre, ya recompuesta, siguiendo la dirección de su mirada con cierta satisfacción-. Aquà finalmente podremos tener una noche tranquila.Eso a Emerson no le parecÃa. A él le gustaba vivir en la ciudad en medio del movimiento constante y oÃr el frecuente rugido de los automóviles despegando bajo su ventana durante la noche. Ahora, estando cercado por un silencio roto únicamente por los hombres de la mudanza y su padre, dudó que pudiera acostumbrarse. Sin embargo, se limitó a gruñir por lo bajo y sometió al cigarrillo bajo el peso de su zapatilla.-A mà me agrada –opinó Jiovanna al lado de su madre, barriéndolo todo con su mirada fascinada.La joven jamás se habÃa sentido tan en presencia de la naturaleza en la ciudad, y olvidando su inquietud anterior, tal como intentara su madre, llenó sus pulmones del aroma húmedo pronosticando lluvia y al liberarlo su rostro parecÃa iluminado. SÃ, pensaba la chica. Aquà sà hay verdadera magia.Dos hombres estaban haciendo entrar en la casa un gran armario, mientras otro par los seguÃa llevando sendas cajas embaladas; éstas, a diferencia de cualquier otra, tenÃan tentáculos dibujados en cada una de las caras, que Jiovanna siguió con la mirada. Las lÃneas del marcados negro estaban torcidas debido a la rapidez con que se las hizo; Jiovanna no habÃa logrado encontrar los materiales de geometrÃa que permitirÃa hacerlos pulcramente, pero de todos cumplÃan su propósito: señalar que ahà se hallaban sus elementos esotéricos.-Emerson, no te rompas la espalda ayudando tanto –dijo John Berlucci, socarrón, cargando otra caja sin más distinción que su contenido.En respuesta Emerson giró los ojos y se encaminó resignado a la parte trasera del camión.-Parece nuevo, ¿no es cierto? –comentó Helena a su hija refiriéndose a la casa.-¿No lo es? –se sorprendió Jiovanna.-No. Era propiedad de una señora que murió hace unos meses. La hija mandó a renovarla antes de ponerla en venta –lanzó un suspiro suave al viento, a la gente que renunciaba a las cosas buenas de la vida-. Lástima por ella. Este es un lindo lugar.“Ubicación, ubicación, ubicación†se dijo Jiovanna cabeceando en de acuerdo. De pronto deseó expresar su duda sobre si la vieja acaso no habÃa muerto dentro de la casa, pero se contuvo a último momento. PreferÃa averiguarlo por sà misma, a través de sus sentidos, de las paredes y el suelo. Quizá, si tenÃa suerte, descubrirÃa el espÃritu que jamás se fue.En la sala de estar Jiovanna vio los muebles que la anterior dueña no habÃa vendido cubiertos por telas blancas. Parada en el centro, la joven trató de percibir algo. A muchos les servÃa tener los ojos cerrados y la mente abierta, pero a ella le resultaba mantener la vista fija en un punto cualquiera, abstrayéndose lo suficiente para recibir le energÃa del entorno en que estuviera. Sin embargo esto no aseguraba nada; a veces su intuición se volvÃa elocuente y otras simplemente quedaba muda. Recordó que hace unos dÃas no podÃa estar cerca de la cama de su madre sin advertir una leve amargura oprimiéndole el ánimo como un grueso abrigo, y se concentró en atraer algo parecido.En la sala habÃa habido vida, una antigua vida que ya no estaba, y un lejano dolor en el pecho, probablemente emocional. No estaba segura de que estaba captando las señales de la muerte, pero al cabo determinó que no estaba ante la presencia de nada sobrenatural. No todavÃa al menos.-Mierda –masculló decepcionada.A sus espaldas los hombres de la mudanza descendÃan por las escaleras en dirección a la puerta. Por hoy su trabajo habÃa concluido. Abrir las cajas, acomodarlas y limpiar, a partir de ese dÃa, iba a ser tarea de cada Berlucci. Momentos más tarde Jiovanna oyó el motor del camión encendiéndose y el consiguiente crujido de la tierra bajo el giro de las ruedas. Luego silencio.-¿Podemos pedir pizza?Emerson bajaba las escaleras tras su padre padeciendo apetito y alivio a partes iguales. John volteó hacia su hija y su esposa, que estaba saliendo de la cocina por ahora inútil pues no les instalarÃan el gas ni el teléfono hasta mañana. En presencia de la luz artificial, la oscura tez de la mujer parecÃa brillar, como si sudara, y su semblante mucho más marchito que a la luz opaca del exterior. Continuaba sin haber sol que iluminara la ventana y las nubes todavÃa estaban ahà afuera, amenazantes pero pasivas. Estaban cerca del anochecer y la hora habitual de la cena.-¿Tienes crédito en el celular? –preguntó Helena a su hijo, que asintió-. Entonces pide dos pizzas a algún sitio. Yo también tengo hambre.Mientras aguardaba a que llegara la comida, Jiovanna se encargaba de desempacar, antes que la ropa, lo que guardaban las cajas marcadas con estrellas. La primera a la que echó mano tenÃa hasta el tope lleno de libros referentes a diferentes temas; astrologÃa, mitologÃa, ángeles, la magia de los colores, Wicca, cantos a la diosa. No obstante su mano fue directa a la pequeña agenda plateada dispuesta encima de todo. La habÃa conseguido hacÃa unos meses y junto a cada dÃa del año se especificaba la fase de la luna en ese tiempo. Gracias a ella supo que esa noche, si las nubes lo permitÃan, el cielo ostentarÃa una gran perla perfectamente redonda.De otra caja sacó a continuación una brújula, una caja alargada y un pequeño cuaderno pintado de negro y forrado en plástico, para que durara más tiempo. Poner las manos sobre estos elementos era acariciar el umbral de la magia que habÃa estado cultivando desde hace casi un año y esta sensación se hacÃa más patente si dejaba la palma descansar sobre la caja alargada. Para ella era como experimentar un ligero mareo, un casi amable tambaleo de sus sentidos y su conciencia. A veces la llamaba su caja de Pandora.--El humo danzó sobre el cilindro de cenizas como una vÃbora encantada y se deshizo en nubes inciertas cuando el hombre estremeció el cigarrillo. La cabeza, liberada del gris, desprendÃa de nuevo su brillo anaranjado. La posición indolente del hombre, apoyada la espalda contra un árbol, se veÃa desmentida por la gravedad plasmada en su rostro. El fumar sólo le estaba dejando un mÃnimo alivio.-Con suerte va a llover toda la noche –comentó su acompañante desde el suelo, donde estaba sentado de piernas cruzadas.El hombre revisó su reloj de muñeca.-Sólo son las nueve. No sabes qué va a pasar.“Tú tampoco†le comunicó el otro sin separar los labios. No esperó respuesta y no la hubo. En el aire se perdieron más serpientes de humo mientras miraba la noche, a las nubes densas que disfrazaban los astros.--En los dÃas más recientes, salir tambaleante de un club nocturno se habÃa convertido en algo habitual en la vida de Taylor Godwin. La chica risueña bajo su brazo, por otra parte, era una verdadera novedad, tanto, que no recordó qué hacÃa ahÃ. Lejos de las luces negras y cerca de una farola en la esquina, Taylor aprovechó para echarle una mirada de reojo. Por supuesto, no era un hombre moreno de ojos chispeantes, pero tampoco resultaba despreciable. Era más baja que él, rellenita en general, y pecosa.Un flequillo rojo como tinta de lapiceras caÃa constantemente sobre su ojo derecho, casi tapándolo, para ser apartado en seguida por las blancas manos de ella hasta detrás de una oreja. Su tez tenÃa una blancura tal que podrÃa compararse con la leche y los pequeños puntos formaban un conglomerado de minúsculos cereales sobre la pequeña nariz aguileña.El escote de la blusa azul manifestaba que también habÃa pecas cerca del pecho casi plano, hundiéndose en la lÃnea media hasta quién sabe dónde. Las botas negras de tacón alto daban la ilusión de una femenina elegancia, que al instante se veÃa opacada por la minifalda cortada más de una mano entera arriba de las rodillas. Taylor se encontró asediado por la duda acerca de su edad.“Le has invitado una cerveza†le recordó su parte más realista, que parecÃa cobrar mayor claridad cuando se emborrachaba, lo que sucedÃa muy seguido. Y como siempre que la oÃa, Taylor no tuvo más opción que asentir por la verdad que era. Era demasiado tarde para preocuparse por detalles de esa Ãndole y, además, por la forma en que ella lo guiaba sólo el más ingenuo dirÃa que era la primera vez que realizaba esa tarea.-¿Adónde me llevas? –preguntó percatándose de que casi balbuceaba.Sin embargo ella le entendió perfectamente.-A la parte trasera del club –contestó con una sonrisa en lo absoluto afectada. ¿Era la voz de una mujer bajita y rellena o de una menor de estatura normal y rellena? -. ¿No habÃas dicho que te gustarÃa ir conmigo?Taylor sabÃa lo que la gente solÃa hacer en la parte trasera del club, pero no recordaba habérselo mencionado a esa chica. Trató de sacar entre los escombros de sus pensamientos el nombre de ésta y no le sorprendió el descubrir su fracaso.Detrás del establecimiento, que ya rozaba el antiguo bosque, se extendÃa un rectángulo amplio de cemento donde el dueño estacionaba su vehÃculo y dejaba los contenedores de basura junto a la pared. Una mera bombilla sobre estos últimos era lo único que los separaba de la oscuridad insondable entre los árboles, a la cual lo condujo la joven sin vacilar. Taylor vio las nubes marchitas sobre su cabeza y deseó que al cielo no se le ocurriera llorar mientras estuviera con la chica. No necesitaba, para colmo, pescar un resfriado. Los números digitales de su reloj indicaban las 1:30.--Después de la cena Jiovanna recogió las cosas que habÃa desempacado antes que nada y las mantuvo contra su pecho mientras subÃa por la escalera hacia la terraza. Los escalones de madera no se vieron sometidas a la mano de obra encargada de la renovación y a cada paso emitÃan leves crujidos que, lejos de ser perturbadores, daban la tranquilidad que da hallarse ante algo familiar y querido. Parecido era calzarse unos viejos zapatos que, aunque ajados, seguÃan teniendo su lugar en el armario. TodavÃa tenÃa puestos las zapatillas, los jeans deslavados y la camiseta roja que llevara durante toda la tarde; ya que esta última prenda carecÃa de mangas, los vellos de sus brazos se le erizaron al advertir la corriente de aire frÃo que la recibió al final del trayecto. No obstante no buscó abrigo –como sus padres habrÃan ordenado- y en su lugar quiso encender el foco sobre la puerta que habÃa atravesado; éste lo hizo con un parpadeo agónico, demostrando que no lo habÃan cambiado hace tiempo.El espacio para moverse no era mayor que el de su habitación, pero serÃa suficiente para lo que pretendÃa. Por el lado izquierdo de la casa se extendÃa una alfombra de tejas color granizo, y por el derecho, bordeando los bordes sin tejas, se alzaba una cerca de hierro lo bastante alta para evitar una caÃda accidental. Jiovanna dejó el cuaderno negro y la brújula en el suelo, abrió la caja alargada y sacó una corta espada cuyo mango de metal pintado de dorado y plata encajaba bien en su palma.El hermano mellizo de la varita mágica tradicional: el confiable athame. Lo habÃa comprado con su propio dinero en un bazar, y según el dibujo sobre su recipiente, era un elemento meramente decorativo, por ende, tan peligroso como un cuchillo para untar la mantequilla. Esto le servÃa a Jiovanna porque de todos modos ningún athame debÃa ser usado para cortar nada en el plano materia y sà para dirigir la energÃa. A la hora de bendecirlo, Jiovanna, siguiendo los consejos de un libro, lo habÃa dejado en el marco de su ventana durante una noche de luna llena hasta el amanecer y luego pasado tres veces sobre una barra de sahumerio encendido para acabar con influencias negativas. SabÃa que también podrÃa haber ido a ese mismo bosque, tomar una rama recta y larga y volverla su varita, pero le gustaba lo que la espada en su mano significaba; no sólo magia, si no un orgullo antiguo, casi mÃstico, lucha y victoria. Con él se sentÃa una guerrera lista a superar cualquier obstáculo que osara ponérsele en frente.No lo usaba demasiado por temor a que un pensamiento fugaz –o ese temor solo- influyera en el resultado de la magia. Cientos de veces se decÃa que era imposible invocar cosas que no fueran llamadas, pero a la vez se recomendaba, y con especial énfasis, completa serenidad al practicar los rituales. Jiovanna procuró tomar aire y expulsarlo cinco veces antes de proceder.Luego miró el cielo y sonrió porque ahà arriba, en lo más alto, la luna le devolvió el gesto en todo su blanco esplendor. Aquel era el trono de la señora de las brujas, la fuente de poder de la que la joven se disponÃa a beber igual que la noche anterior y las dos que le precedieron. Después de hoy, volverÃa a hacerlo mañana y dos noches más, completando asà el ritual.Incluso aunque no pretendiera usar tal poder para ningún fin especÃfico, el hecho de poseerlo le agradaba, le otorgaba una sensación de seguridad semejante a la de tener un as bajo la manga. Se sentó en el suelo y cruzando las piernas junto los párpados; ahora la noche era su vista apagada. Mientras lo hacÃa la emoción estremecÃa su corazón, avivando la energÃa de los latidos, pero volvió a respirar e inhalar bien hondo con el fin de serenarse. Lentamente comenzó a notar su mente más centrada y clara. Estaba lista.Trasn ubicar la dirección del norte con la brújula, dirigió el thame hacia aquel punto apuntando hacia abajo. Debiendo inclinarse, recogió el cuaderno y en la primera página encontró la invocación precisa. La primera de su cosecha.-En esa noche de luna llena un cÃrculo de poder será mi puente entre el mundo material y lo que no tiene forma. Sea este un centro de poder y luz, de sabidurÃa y paz, repeliendo de esta manera cualquier influencia negativa. Ven, guardián del este, y presta tu conocimiento. Ven, guardián del sur, y concédeme tu valor. Ven, guardián del oeste, y purifica este camino a umbrales más allá de la tierra. Ven, guardián del norte, y permite que esta empresa tenga éxito. Hagan de custodios para esta consagración, en el nombre del Señor y la Señora. Yo te conjuro, cÃrculo de poder –Llegada a este punto, Jiovanna dio fin a su murmullo y notó que habÃa regresado al norte por tercera vez, tras visualizarse trazando una lÃnea de plata a su paso en el sentido de las agujas del reloj.Satisfecha alzó la aguda punta. Esta vez no consultó el cuaderno pues sabÃa la frase de memoria.-Desde lo más alto –volteó la espalda, haciendo que señalara el suelo- hasta lo más profundo, este cÃrculo ha sido sellado.Y por lo que respectaba a Jiovanna, asà estaba hecho. Dirigió otra vez su mirada hacia la luna y, casi inconscientemente, inclinó la cabeza en señal de respeto. Si hubiera sabido interpretar la posición del astro, habrÃa deducido que eran pasadas la medianoche.--La chica pelirroja, con sus mejillas redondeadas, sus pecas en el pecho y ojos brillantes como una botella de cerveza tenÃa una sonrisa formada por dos lazos delgados pintados de carmÃn, un gesto picaresco a un paso de convertirse en una risita. Tiraba sin requerir grandes esfuerzos de la muñeca de Taylor, internándoos a ambos aun más en el bosque. Atontado y todo, Taylor se daba cuenta de cuánta inquietud le generaban esas oscuras sombras a su alrededor y el abrazo del aire convirtiendo su piel en la de una gallina. HacÃa unos momentos habÃan abandonado el foco del club y que sus pies caminaban sobre la alfombra de la naturaleza. De vez en cuando uno de los dos pisaba una ramita olvidada y el sonido resultante no le gustaba en lo más mÃnimo. Sin embargo esto no era todo lo que sus sentidos percibÃan y ello contribuÃa a su sumisión. De aquà y allá llegaban leves murmullos, suaves risas y pasos traviesos, como si los rodearan una tanda de ninfas escapando de las celosas hadas, divertidas porque sabÃan que ni siquiera deberÃan estar ahÃ. HabÃa algo de casi mÃstico porque estuvieran en todas partes y ninguna se dejara ver.¿Cuántos de ellos tendrÃan padres que los esperaran en el salón de casa, al lado del teléfono –se preguntó Taylor-, angustiados porque no tenÃan idea de que se metÃan mano en el bosque? ¿Cuántos se habÃan drogado, emborrachado o inyectado algo? ¿Cuántos se darÃan cuenta de que, aun asÃ, continuaban siendo un montón de miserables? ¿Dónde comenzarÃa su miseria? ¿En las calificaciones en picada hacia el centro de la tierra, en el jefe que mira el escote y nunca los ojos o en que su ideal de la vida habÃa sufrido una horrible sacudida? La noche era el refugio perfecto para todas ellas y sus travesuras, mientras no tuvieran que contestar esas preguntas.La gran mayorÃa de los alcohólicos bebe porque no tiene nada mejor que hacer. Fumar y drogarse debÃan ser lo mismo. Todo sea por evitar el total aburrimiento. De alguna manera sonaba mejor contemplar el techo porque la sinapsis es imposible, en lugar de hacerlo porque sabes que no quieres moverte. A saber para quién.A Taylor eso le sonaba deprimente e injusto, aunque no podrÃa especificar el motivo. Sólo se estaba divirtiendo, ¿cierto?Llegaron a un claro inundado por la luz de la luna, cercado por altos árboles entre los que se veÃa sólo más oscuridad.-Aquà –dijo la pelirroja –Lily, Mimi, ¿Billie?- y se colgó de su cuello para besarlo.Sin dejar de pronunciarse sobre sus labios, ella volvió a conducirlo, esta vez hacia atrás, hasta que la espalda de Taylor dio contra la superficie áspera de un árbol, y entonces apoyó su peso contra él. Taylor la rodeó por el ancho talle y le subió la blusa para entrar en contacto con la cálida porción de humanidad debajo. Ahora ella se habÃa convertido en otra ninfa pero no permitirÃa que ninguna hada la intimidara. Estaba divirtiéndose a su modo, y por lo que a Taylor concernÃa, tenÃa todo el derecho.La mano de ella viajó hacia la cremallera en sus pantalones y la bajó. Para Taylor ese siseo –ssssip- fue como si abrieran una puerta de repente mientras se hallaba drogado; sintió una punzada de culpa.-Sabes que no sé tu nombre, ¿cierto? –dijo sin detenerse a pensar en la ofensa que eso podrÃa entrañar.No obstante sus pantalones siguieron un camino de descenso sin su ayuda.-Nunca te lo he dicho –repuso ella tranquilamente y emitió una risita-. Eres adorable.Entonces volvió a besarlo, apasionadamente, acariciando su rostro como si le agradeciera su amabilidad al recordar que era una extraña. “Ni siquiera sé su nombreâ€, pensó Taylor borracho, borracho de una placidez que alarmada a su parte más racional.Ella inició una lenta caricia sobre el miembro bajo la ropa interior, deslizando la palma de arriba abajo a la vez que sus dedos hábiles ejercÃan presión en la parte más baja. Sin dudas a sabiendas, con este juego eliminó de Taylor todo rastro de razón, a las ninfas y posibles vouyeristas para concentrar todo en él hacia la excitación que lo arrolló como una brisa llameante, llevándole hasta el extremo de la hoguera y hacia el deseo de sumergirse en ella.La dulce pelirroja lo sabÃa, ¿cierto? SabÃa por qué ya no querÃa ver a Emerson Berlucci, su mejor amigo desde la infancia, por qué la inconsciencia tenÃa un sabor tan apetecible y amargo en su espÃritu y que tan profundos eran los ecos del remordimiento. Pelirroja inonmbrable, encenderé todas las velas en el alta de tu menudo y pecoso cuerpo devotamente si haces que no piense en él por esta noche. En el panteón de los dioses que lo logaron, siempre puede sumarse una más.Ella le empujó un poco, suavemente, hacia un costado, separándolo del árbol. Taylor estaba descubriendo mediante el tacto la forma en que los pequeños pechos lechosos cabÃan en su mano. Un nudo se habÃa instalado en su bajo vientre y se tensaba, picaba en los testÃculos. ¿Por qué las mujeres disfrutaban jugar a la tentación más que los hombres?-Te va a gustar –aseguró ella, risueña, y su voz prometÃa el silencio del sacerdote y quizá su bendición.El agua bendita en su lengua trazó una lÃnea por su cuello.-¿Ah, sÃ?Y en ese momento, a un empellón más de la pelirroja, Taylor tropezó con una roca en el suelo. Le dolió aterrizar sobre un matorral con las piernas desnudas. Descolocado, vio a la chica retroceder un paso.La oscuridad era envolvente en el punto donde habÃa aterrizado, pero no tuvo dificultades para distinguir las facciones de la chica bajo la luz de la luna. Primero le dio la impresión de que lucÃa tan desconcertada como él. El par de arcos casi invisibles de sus cejas casi se juntaban en un expresivo beso sobre los ojos que observaron algo en el suelo y permanecieron ahà por lo que pareció una eternidad. Finalmente su rostro asumió cierto temor y retrocedió otro paso.Taylor bajó la mirada. Su pie tapaba en parte la piedra responsable de su caÃda. Sólo que no era una piedra como cualquier otra y poseÃa un brillo como de sedoso cabello negro. Dobló la rodilla, alejándose del objeto extraño. El corazón reavivó su cabalgata aun antes de verlo por completo.Dos ojos huecos, de color casi dorado, aparecieron a la vista junto a una hilera de dientes amarillentos, entre los que se asomaba una lengua olvidada. Debajo del hocico no habÃa absolutamente nada. Taylor comprendió, sin tener idea de cómo, que estaba contemplando la cabeza cercenada de un perro.El consiguiente chillido de la pelirroja fue lo que aniquiló sus ganas más que nada.No, ningún dÃa extraordinario empieza extraordinariamente. Los elementos que los componen se deslizan sobre el escenario como buenos profesionales hsta sus lugares correspondientes en la obra y desde ahÃ, sólo desde ahÃ, cumplen sin fallo su papel. Aunque a esas alturas de la noche Jiovanna yacÃa dormida en su cama, acabado el ritual, el lector puede estar seguro de que Taylor Godwin no despertó esa mañana esperando verse rodeado por caras anónimas asustadas y curiosas en el bosque, con los pantalones todavÃa abajo y frente a lo que antes fue un perro con la vista ahora eternamente clavada en el infinito.También puede estar seguro de que esa noche no se presentó ninguna lluvia.