Se conocieron en la calle. Tropezaron magicamente en un esquina. Ella se enamoró de sus ojos de tormenta y él quedó enganchado a su cintura al segundo siguiente. Le siguieron versos con café contemplando el atardecer desde el balcón. Desde ese dÃa nunca se separaron. Él se mudó a su casa y nunca más salió de allà y cuando por trabajo debÃan despedirse la congoja era enorme pero él aprovechaba cualquier minuto libre para mandarle una flor o una carta. Ella sabÃa que no habÃa nadie más perfecto que él. Se doblaba en las esquinas para darle un beso. Se convertÃa en su calor los dÃas de lluvias y todas las mañanas la despertaba en abrazos. La perseguÃa sutilmente, sin asfixiarla. Era intelectual pero no arrogante. Era relajado pero no irresponsable. Era hermoso pero no vanidoso. Era ordenado pero no quisquilloso. Era monógamo pero no aburrido. Sin embargo, no gustaba a los suegros ni a los cuñados ni a los amigos de ella. Era intratable. No podÃan dirigirse a él. Los ignoraba y ellos trataban de ignorar su propia irritación.¡Envidia! Eso era lo que ella proclamaba en sus caras y dejó de visitar a su familia.Un dÃa, pelearon y él no volvió a casa y ella se tiró del balcón.Y otro dÃa, Irene Malara quiso contar su historia y esa historia comenzó de esta manera: "HabÃa una vez una mujer que se cansó de buscar al hombre perfecto y se inventó un amante invisible."