Muchas veces escribo luego de una gran depresión. Es como caminar a ciegas en la niebla tanteando paredes frÃas y objetos asquerosos. Sólo se escuchan ecos de espectro que me gritan histericamente que desaparezca. Y yo quiero desaparecer. Que me tachen cual garabato desfigurado.Esos dÃas no quiero saber nada del mundo y el tiempo libre que se me permite lo paso en la cama con la cabeza hundida en la almohada y con los ojos desesperadamente cerrados deseando que se venga el fin del mundo que han anunciado por lo menos ciento cincuenta veces. Pero no pasa nada, ni un mÃsero temblor, y tengo que seguir viviendo. Como una sonámbula.Y no puedo gritar también como los espectros, no puedo protestar, porque sino me largan esas fracesitas del tipo: "Hay niños muriéndose de hambre en el Ãfrica". Entonces no sólo tengo que pensar en mis propias crisis existenciales sino también acumularme un continente entero en la conciencia.Y no me queda otra que comenzar a caminar... renuente... quizás esperando que caiga un meteorito que dé en el clavo. Pero entonces suceden algunas cositas, esos pequeños placeres que te obligan a querer seguir con vida. La niebla va desapareciendo de a poco y los ecos de los espectros se ven reemplazados por el susurro de una palabra que poco a poco se convierte en oración y luego en historia.Y entonces despierto.